He sentido la necesidad de decir lo que pienso a partir del terremoto y maremoto sucedidos en la madrugada del sábado 27 de febrero. No pretendo escribir para quienes han sufrido pérdidas humanas o materiales, puesto que con sus vivencias me parece que es más que suficiente. Para ellos sólo tengo sinceros sentimientos de solidaridad.

Quisiera referirme a quienes no hemos estado tan afectados por estos sucesos y que de alguna manera estamos como observadores y en el mejor de los casos indirectos colaboradores con la tan necesaria ayuda. No deja de sorprenderme y debo decirlo, indignarme, la gran cantidad de dedos acusadores que se levantan por estos días. Quiero expersarme correctamente: no quiero defender a nadie, pero tampoco acusar a cualquiera.

Creo que habrá pocos momentos en la historia en que sea más evidente la culpa de todos: los medios de comunicación que se burlaban de las campañas de la Onemi de hace meses atrás, el gobierno que gastó millones de dólares en sismógrafos hoy guardados en alguna bodega, los pobladores que no asistían a las charlas sobre prevención y evacuación en zonas costeras, el consejo de televisión que censura un programa científico de Discovery sobre un posible maremoto en la costa central… por miedo a causar un “pánico injustificado”, la constructora que ahorra en sus proyectos rellenando ladrillos con papel en sus obras, escudándose en que no es debidamente fiscalizada, nosotros los padres que no hemos gastado un mísero minuto en educar a nuestros hijos sobre el país sísmico en que vivimos… y no por negligentes necesariamente, sino porque somos unos ignorantes, etc.

Cuando las cosas no pasan, no es mi problema, pero cuando pasan, es problema de otro… y aprovechamos de sacar a relucir banderas de lucha añejas y baratas que lo único que hacen es tapar el real problema de fondo: somos una sociedad que echa la mugre bajo la alfombra y le cuesta mucho hacerse cargo de sus propios vicios.

Sale un grupo de pobladores saqueando un supermercado y el periodísta de turno rasga vestiduras diciendo que no reconoce el país en que vive, pero un empresario estafa, un político roba, una clínica niega atención de urgencia y nadie dice que no reconoce el país en que vive… sólo porque esa parte del paisaje ya nos resulta familiar… ¿Mala labor?… ¡Por supuesto!… ¡Pero de toda esta sociedad por favor!… Partiendo por nosotros mismos.

Creo que necesariamente, este terremoto nos dejará muchas enseñanzas. Espero que entre ellas se encuentre la autocrítica. Creo sinceramente que hoy, somos mejores que ayer.